Hablemos de una vez…
Dime quién eres:
si eres la llama que abrasa
o la lluvia que calma las heridas.
Dime por qué llegas
con manos de seda
y, a veces, con el filo oculto
de la nostalgia.
Y el amor me respondió:
—Soy todas mis contradicciones.
Soy el temblor de una mirada,
la paz de un abrazo,
la ausencia que duele
y la presencia que salva.
Soy la piel que recuerda,
el deseo que despierta en la noche,
la ternura que permanece
cuando el fuego comienza a quemar.
No me busques perfecto.
Ámame entero:
con mis vértigos,
mis milagros
y mis cicatrices.
Entonces, por un momento,
guardé silencio
y me apoyé sobre su pecho.
—Pero así te amo… —murmuré.
Entonces dijo:
—Fundámonos, pues, en la pasión.
Yo soy la llave;
tú, la cerradura.
—Ven, mi niña hermosa:
así se vive en este mundo.
Comprendí entonces,
al sentir la brasa de su cuerpo,
al escuchar el eco penetrante de su voz,
que el amor no viene a pertenecernos;
viene a transformarnos.
L.T.
10/28/2026