Pared en blanco,
granulado antiguo,
pasado de moda,
estantería de madera,
con betas demodé,
libros que descansan
sobre la antigüedad
de ella, ajenos al paso
del tiempo, bibelots
cual putti de un cuadro
herido por el tiempo,
y un frasquito de perfume
que me rocío cuando salgo
—esto es de ahora—.
Cortina en blanco, de hilos
trenzados como niñas rusas,
tela rala, hasta traslúcida,
que filtra la mañana,
y un sonido blanco de tráfico,
rutinario, y un silencio
en mis adentros, unas letras
que se hacen palabras,
después versos, estrofas,
hasta acabar en un punto.