​Bajo el primer destello y el canto del gallo al despertar,
comenzaba la vida a enseñarme lo que es amar.
Vi a mi tío entregarse cada día con sincera devoción,
sembrando en el hogar la nobleza de su corazón.
​Estaba mi abuela, con su alma alegre y su calor,
envolviendo mis días en un nido de puro amor.
Era yo un espíritu rodeado de eterna felicidad,
guardando ese tesoro como guía y verdad.
​Pasaron los años, volé en busca de otra aventura,
partí a descubrir el mundo con el alma tierna y pura;
pero nunca, ni un instante, de mi origen me alejé,
porque en cada paso el latido de los míos llevé.
​Llegaron los primos, que hermanos del alma son hoy,
compañeros de ruta en el sitio donde estoy,
formados en la misma escuela de entrega y bondad,
creciendo abrazados por la misma verdad.
​Hoy sé que la familia es un ancla firme y segura,
un refugio sagrado, una sabia y fuerte armadura,
el puerto donde el alma encuentra siempre su paz,
el amor más hermoso que el tiempo jamás borrará.
La familia un nido sin igual.
Autor: Viviana María londoño Mazo