Junto al quicio
Fueron manos de siembra y de sostén,
relojes que andaban al pulso de otros,
palabras gastadas en abrir caminos
a quien pedía lumbre o dirección.
Hoy el teléfono duerme sobre el hule.
La tarde avanza sin reclamo alguno,
y en el surco encendido de la frente
la luz dibuja una quietud de cal.
La mesa guarda sitio para cuatro
y un solo plato al centro, sin urgencia;
afuera corre el mundo con sus ruidos,
nadie tropieza, nadie pide paso.
Queda el cuerpo sentado junto al quicio,
las palmas boca arriba sobre el muslo;
empieza el agua a golpear los vidrios
y el paraguas, detrás de la puerta,
sigue cerrado.
Antonio Portillo Spinola ©