Ella lo amaba con locura.
Él deseaba estar a su lado;
una decisión no escrita
los llevó a nunca tomarse de la mano
por el bien de su amado.
Una poción que es fuente de vida,
un hechizo casi milagro,
no podían beber de la lujuria,
sus cuerpos jamás profanados.
Nunca hablarían sin palabras,
todo sería sagrado,
prohibido para ellos
era un destino condenado.
Prometieron la castidad,
la tibieza y el celibato.
Nunca se destruirían
en ese onírico pacto,
sus caricias serían estrofas,
canciones, poemas, versos
y sonetos de los amados.
Ella creaba poesia
sus versos, bendiciones
que a veces maldecian.
Ella era una libre ilusión,
él tan estoico, siempre en calma.
Ambos sucumbieron a la pasión,
vieron arder una llama.
Su toque le daría la muerte a él,
pero no bastó para alejarla de sus labios.
Lo bendijo con un beso,
pero cayó muerta en sus brazos.
Ella era la Muerte,
él un emperador romano.