A ratos detesto la comida:
en la magnitud en la que es deseada
y en la proporción en la que es servida.
O será mi llevadero ayuno. Endiosado desde mi encuentro con la humillación.
Empalaga de calofríos el ver a un ente:
ingerir, masticar, tragar, con la boca llena parlar... Nada fuera de lo común, sino fuera porque, a su lado, hay un cuerpo celeste agonizando.