El espejo velado
PROSA
Hay en el fondo de un corredor una puerta que nadie abre, y detrás de esa puerta, un espejo cubierto con un velo negro. La casa está llena de habitaciones vacías, de muebles polvorientos, de cuadros que nadie mira; pero aquel espejo es lo único que se ha quedado con su luto puesto, como si la casa entera guardara un duelo por alguien que ya no está. Yo lo descubrí una tarde, empujando la puerta sin querer; y al ver aquella forma envuelta en negro, me pareció que estaba delante de una tumba.
Yo no sé qué tienen los espejos velados. Cuando los miro, me parece que detrás de la tela hay alguien que respira muy quedo, esperando a que nadie mire para salir. Si me acerco y aparto un poco el velo, veo mi propio rostro, pálido, desdibujado por el polvo; pero a veces, en el fondo de mi rostro, se dibuja otra cara, la de una mujer que sonríe con esa sonrisa que tienen las que se han ido. Entonces te recuerdo; y al recordarte, me parece que tú fuiste la última que se miró en aquel espejo, y que al verte marchar, el espejo se cubrió de negro para no volver a reflejar a nadie más.
¿Qué es un espejo, sino una puerta que se abre hacia el pasado? ¿Qué es un recuerdo, sino un reflejo que se queda temblando en el cristal cuando ya no hay nadie delante? Tal vez por eso lo velaron: porque hay rostros que, si se miran demasiado, se meten dentro de uno y ya no se pueden sacar; y hay ausencias que, si se reflejan, se vuelven más grandes que la casa entera. Y yo, que he venido a buscar tu sombra, me quedo quieto delante del espejo, con la mano en el velo, sin atreverme a levantarlo del todo, por miedo a encontrarte dentro y no poder sacarte; o por miedo a no encontrarte y saber, de una vez para siempre, que ya no estás en ninguna parte.
A veces, al atardecer, cuando la luz entra por la ventana y se posa sobre el velo negro, me parece que el espejo respira; que se mueve muy despacio, como se mueve el pecho de quien duerme; y que detrás de la tela, en la penumbra del cristal, hay dos ojos que me miran sin verme. Entonces retiro la mano, cierro la puerta y me voy por el corredor, despacio, con el corazón encogido, pensando que mi alma es también un espejo velado: cubierta de negro, muda, esperando a que alguien levante el velo y me devuelva, aunque sea por un instante, el reflejo de lo que fui cuando tú estabas.
Autor: Augusto Cuerva Candela
País: México
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