Mi piel te rechazaba al instante,
con aromas extraños al mezclarnos los dos;
mi cuerpo advertía tu rastro distante,
sintiendo el engaño detrás de tu voz.
Tocabas otros cuerpos, cargando el lamento
de almas ajenas que traías a mí;
pensarte de pronto se volvió un tormento,
un asco profundo que ya no sufrí.
Mi anatomía dejó de ser mía,
guardando el veneno que había en tus manos;
el cuerpo gritaba con gran agonía
lo sucio y podrido de tus actos vanos.
El pH lo exhalaba con fuerza y temblores,
el pecho oprimido pedía compasión;
gotas de sudor y ocultos dolores
rogaban por tregua a la desesperación.
Mas no fue la mente, ni el pH sangrante,
fue el útero mismo que al fin estalló
al ver que un reflejo de ti, agonizante,
en mi propio centro crecía y tembló.
Mi cuerpo lo supo, lo echó de su vera;
gritaba a los vientos mi fibra al arder:
estabas pudriendo mi vida entera...
y hube de arrancarte de mi propio ser.