Habitas
la rama de verdosas hojas,
más hermosa, si cabe,
que el silencio que sostiene a las estrellas.
Tus ojos, vastos, diluviados,
dictan un alba
que, como un desplome de oro,
va entregando la claridad al mundo.
Te asemejas al parpadeo del bosque,
a la brisa que se repliega
para no herir el canto de las aves.
El misterio enlazado en el tiempo
te impide comprender
por qué, a tu paso,
los jazmines desabrochan su blancura.