Rosas y espinas
Yo la amé más que ninguno; pero ella en su ceguera
se aferraba a otro hombre, quien la hacía pues sufrir.
Era linda de modales, preciosísima por fuera
y eso no era suficiente para hacerle sonreír.
Le decían sus amigas que ese amor no funcionaba,
que era bien que lo dejara, pero nunca lo escuchó...
sollozando por las noches, cada vez se preguntaba;
¿Quién te adora, vida mía! ¡Quién te quiere como yo!
Supo todo de mis manos, mas seguía en él creyendo,
que mirando en sus mejillas cada lágrima rodar;
en el fondo cambiaría de opinión y fue insistiendo,
sin embargo, su belleza ya empezaba a marchitar.
Sus parientes descubrieron la intención que perseguía
y la vida de su estirpe por la cual no era feliz.
Preguntaron de mis versos, si también yo la quería,
encontrando en su escritorio lo causante del desliz.
Conocieron de aquel hombre que su vida hacía amarga
y buscaron las maneras para hacerle a ella creer:
¡ya no crecen más las rosas y la pena que te embarga
crecerá entre las espinas como pudo un día ser!
Y mirando su insolencia, la familia decidida,
de aquel hombre separaron a la joven con dolor!
Pero cuando la buscaron, la encontraron ya sin vida;
mi motivo y mi esperanza se apagó con el amor.
Samuel Dixon