Tu tristeza se condensa
y precipita sobre mí.
Contra todo pronóstico,
contra todo deseo,
soy la causa de una lluvia
que jamás debió existir.
Y te miro,
sin saber cómo detener
aquello que yo mismo provoqué.
Porque tus ojos
no fueron hechos para guardar tormentas,
mucho menos aquellas
que llevan mi nombre.
Me pregunto en qué momento
mis palabras se volvieron nubes,
en qué instante mis silencios
comenzaron a pesar sobre tu cielo.
No temo a la lluvia,
ni a la oscuridad que la acompaña.
Temo acostumbrarme
a ser quien la provoca,
y que algún día
dejes de esperar
a que el cielo se despeje.