Lo que el amor no pudo retener
Hubo un tiempo en que tu nombre y el mío parecían escritos sobre la misma piedra, como si el mundo, cansado de sus guerras, hubiera encontrado en nosotros un lugar donde descansar.
Pero el amor no es una casa que pueda cerrarse por dentro para impedir que alguien se marche.
Es un territorio sin fronteras, una tierra que florece mientras recibe la lluvia y que no puede exigirle al cielo que permanezca eternamente nublado para conservar sus flores.
Yo te amé con esa manera imperfecta de los hombres que desean salvarlo todo, incluso aquello que necesita perderse para continuar existiendo.
Quise reconocer mi futuro en tu rostro, encontrar mis años venideros dormidos bajo tu cabello, y escuchar en tu risa la música de una vida que todavía no conocíamos.
Sin embargo, ningún corazón nace con cadenas ni siquiera cuando encuentra otro corazón dispuesto a recibirlo.
Por eso no voy a pedirte que renuncies a los caminos que alguna vez soñaste recorrer antes de conocer mis manos.
Ve hacia las ciudades que te llamen, hacia los mares que despierten tu sangre, hacia las tardes desconocidas donde quizás descubras una felicidad que no lleva mi nombre.
No consideraré una derrota que la vida te entregue aquello que yo no pude darte.
Porque amarte nunca debió significar convertirme en el dueño de tus días, sino aprender a contemplar tu existencia sin exigirle que girara alrededor de la mía.
Y si alguna noche la soledad se sienta a tu mesa, no la confundas con mi ausencia.
También hay silencios que nos pertenecen, habitaciones interiores donde nadie puede acompañarnos, y preguntas que solamente encuentran respuesta cuando dejamos de pronunciarlas.
Yo tendré mis propias noches, mis propias derrotas, mis propias ventanas abiertas hacia un horizonte que no conozco.
Tal vez encuentre otros labios, otra manera de compartir el invierno, otra voz que me pregunte por qué miro tanto las estrellas.
Y no será una traición a lo vivido, porque el corazón no es una tumba donde debemos enterrar todo aquello que alguna vez amamos.
Lo nuestro tendrá su lugar, no en la obligación de recordarnos, sino en esa región secreta donde la vida conserva lo que nos hizo diferentes después de haberlo perdido.
No volveremos a ser los dos desconocidos de antes.
Algo de ti habrá cambiado mi manera de mirar, algo de mí habrá dejado en tus pasos una pregunta que no tenías.
Así sucede: dos seres se encuentran, intercambian una parte de sus mundos y continúan su viaje con las manos nuevamente libres, pero con una riqueza invisible que antes no poseían.
Si un día nos cruzamos en una calle cualquiera, entre el ruido de los automóviles y la prisa de la gente, no será necesario detener el universo.
Bastará una mirada, quizás una sonrisa, para comprender que estuvimos allí, que hubo una primavera que no le perteneció a nadie y que, aun así, fue verdaderamente nuestra.
Después seguirás tú. Después seguiré yo.
Sin juramentos que nos persigan, sin deudas que reclamarle al pasado, sin convertir la memoria en una cadena alrededor del cuello.
Porque el amor, cuando ha sido digno de llamarse amor, no necesita destruir lo que termina para demostrar que alguna vez existió.
Y aunque la despedida deje una sombra en nuestros cuerpos, aunque durante algún tiempo la noche parezca más extensa y la música más lejana,
quiero creer que llegará una mañana en que ambos respiremos profundamente sin sentir que hemos perdido el mundo.
Entonces comprenderemos que no todo lo que se marcha nos abandona, que no todo lo que termina fracasa, y que existen encuentros cuya belleza consiste precisamente en no haber sido eternos.
Tú tendrás tu cielo. Yo buscaré el mío.
Y si alguna vez el viento lleva hasta ti un recuerdo de nosotros, déjalo pasar entre tus dedos.
No intentes retenerlo.
Fue hermoso mientras estuvo vivo.
Y eso, amada, también es una forma de eternidad.
—Luís Barreda/LAB
Montrose, California, EUA
Noviembre, 2018.
Género: poesía lírica
Forma: verso libre