Dos ángeles nacen de sus tobillos,
lo construyen silueta de viento.
Y ahí va con un nuevo mensaje
como una paloma ebria de cielo
impaciente por entregar el recado.
A su lado, el cadáver blanco de ella,
enraizado de muerte,
apenas movido por la brisa oscura
del mundo de los muertos;
y delante de ellos, el dios de la canción exangüe
con su rígida lira
indiferente ya a las canciones
con las notas ahorcándose entre las cuerdas.
Aquel oído que escuchaba el corazón de los árboles
ahora es incapaz de advertir el paso
de aquellos dos que le siguen
y ha perdido su omnisciencia
en el horizonte trazado
por su mirada de mil yardas.
Entonces Orfeo, con el puñal de la incertidumbre
ardiéndole en la espalda,
voltea y condena a Eurídice.
El dios del viento, triste, la lleva de regreso
como la paloma que encuentra cerrada la ventana
y vuelve con el pecho inflamado, nuevamente,
a su embriaguez de cielo.