Hoy quise escribirte:
bajo esta noche de luna, bajo las nubes que pasan,
aquí, donde el viento canta entre las ramas,
aquí, en la distancia, donde solo me pueden ver las hadas,
aquí, donde mis suspiros se escapan, huyen, se van…
buscándote a ti, mujer hermosa, mujer lejana.
Hoy quise escribirte:
desde acá, donde siempre te buscan mis ansias,
acá, donde parece que vienes, estás, sonríes y escapas,
escapas antes de que mis manos acaricien tus penas,
antes de que mis ojos naufraguen en el océano de tu mirada,
escapas antes de que pueda desnudarte el alma.
Tu nombre tiene hojas húmedas que caen por mi ventana;
tiene el rocío fresco donde se baña la nostalgia,
esta nostalgia agria, nostalgia de tenerte y no tocarte,
nostalgia que me asfixia, que me parte el alma.
porque reinas en mis días, vives en mis horas,
has creado tu nido en el tejado de mis mañanas,
pero tu cabeza reposa en otra almohada, en otros brazos,
y sigues siendo una mujer ajena, una mujer lejana...
Hoy pronuncié tu nombre sin que nadie se enterara,
fue casi como un susurro, como esos secretos del alma,
fue como esa brisa que pasó de madrugada,
me quedé mirando de repente cómo el cielo y la luna se aman,
cómo su amor es eterno y cómo nadie les dice nada.
Entendí que el amor es así: un secreto a los cuatro vientos;
es todo y, al mismo tiempo, parece que no es nada…
Hoy quise escribirte:
Copa en mano, te dejo estas palabras:
Guárdalas muy dentro de ti, en silencio, sin que nadie sepa nada.
No quiero que se enteren que por ti mis letras cantan,
no quiero que vean cómo suspiro, extasiado en la distancia.
Sé que no lo entenderían; no entenderían que el alma puede amar así,
sin necesidad de besos y caricias desbocadas,
sin necesidad de rodar entre cobijas, sin palabras entrecortadas.
Yo sé que no eres mía y que ni te interesan mis ansias.
Sé que eres estrella, estrella que surca el cielo de noche
y desaparece al llegar la mañana.
Sé que no estás aquí; sé que, al final del poema,
sonreirás un tanto huraña, un tanto rara;
moviendo la cabeza, le dirás al viento:
«Oye, míralo: ¡qué loco!, ¡qué ansias!, ¡qué ganas!».
No importa; ve, sigue, sueña, sé feliz.
Solo déjame esta noche llegar en sueños a tu casa,
descender ante tus ojos; regálame eso, sí:
una sonrisa callada. Y no olvides que estoy aquí,
quizá siempre, quizá hoy, quizá mañana,
aunque tú y yo, ni hoy ni nunca, seamos nada.
Autor: Miguel Peralta Lopez.