NҽցαԵíѵҽ ตαղ 🍃
lα cհícα ժҽ αɾɾíճα
La chica de arriba
Hay un hombre en la escalera conversando con la nada,
y la nada, muy amable, le ofrece una silla.
Ese hombre soy yo, tu amigo de abajo,
tu soplido contenido, tu raíz sin maceta.
Eres blanca como la leche en la loza de una taza,
tienes los ojos grandes, dos lagos que no saben su hondura,
y una risa inquieta que se derrama por la escalera
como agua de lluvia entre las hojas de un patio.
Pero hoy me duele la vista, como un hueso mal puesto;
cada mirada me cubrirá los ojos,
como niebla hasta cegarlos.
Te voy viendo un poco menos cada día, y la deuda es mía:
me quitan tu cara como se quita el mantel de una mesa casi vacía.
Primero se me va el color de tu mejilla,
luego el ancho de tus ojos, luego el temblor de tu sonrisa,
y yo, puntual, anotó la pérdida en mi cuaderno de huesos,
con la ironía del contable que ama lo que no puede sumar.
Está bien. Que no estés. Que seas el piso de arriba del mundo.
Yo me quedo, como la savia, abajo, sosteniendo
el árbol donde un día, sin saberlo, te asomas
con tu risa de pájaro nuevo y tus ojos de agua grande.
Y cuando ya no queden de ti ni la sombra ni el paso,
me quedará tu recuerdo, tibio, como pan en el bolsillo,
y seguiré mirándote sin cura y sin queja,
mientras la nada, amable, me sirve otra silla.