Pablo Alfonso

El festín de las alimañas

La patria es una perra flaca metida en el zaguán.

El sabio le limpia las pulgas con los dedos parapléjicos por el frío,

da igual, sabe que mañana va a morder al primero que le tire pan.

En esos ojos ya no hay gloria. Ves el humo apestoso del tabaco barato,

el suelo sucio y el plato roto

donde todos terminamos lamiendo el mismo barro.

 

El tonto va al desfile. Le gusta el trapo de colores y el himno.

Defiende las siglas del partido, como el que limpia el polvo de un ataúd vacío.

Tiene los ojos fijos en un agujero lleno de consignas baratas.

Bebe el vino picado que le tiran los jefes desde el balcón,

disfruta el golpe del puño sobre su propio pecho

y firma con sangre, el muy idiota, su condena de sumisión.

 

Pero atrás, en el callejón donde el farol parpadea y hace ruido,

el corrupto sonríe. Con sus dientes limpios, falsos.

Le sujeta el espejo al ladrón para que no se asuste de su propia cara,

mientras la sombra del tipo en el poder se alarga en la pared.

Cobra vida esa mierda. Monstruosa. Rasguña los armarios.

Una alimaña late abajo de las baldosas del comité.

No es humano. Se alimenta de este silencio y del miedo de todos,

mientras ellos tres brindan con el whisky que nos cobraron antes de empezar.