Quisiera hablarle de tantas cosas,
de este amor que me nace al mirarlo,
de mis noches, mis lunas, mis rosas,
y del miedo que tengo a nombrarlo.
Quisiera contarle en secreto
lo que calla mi voz por cobardía,
que en mi pecho le guardo un universo
y en sus ojos encuentro mi día.
Quisiera cuidarlo del frío,
ser la paz que le abrace al llegar,
ser la orilla que encuentre su río,
ser el sitio al que quiera regresar.
Darle todo sin pedirle nada,
ser ternura, refugio y canción,
ser la luz que le alumbre la entrada
y el abrigo que cuide su corazón.
Pero temo que al abrirle mi pecho,
y entregarle mi amor sin medida,
no haya un eco de amor en su lecho,
ni una huella de mí en su vida.
Que mis versos le sean ajenos,
que mi voz no le llegue a la piel,
que mis besos, guardados y buenos,
no despierten sus ganas de querer.
Y es que usted me contempla y me admira,
como admira la tarde una flor;
pero ignora que el alma suspira
por ser algo más que admiración.
Yo no quiero invadirle la vida,
ni obligarlo a sentir lo que siento;
solo quiero, si existe una herida,
ser caricia, no ser sufrimiento.
Porque amarlo es cuidar sus desvelos,
es quererlo sin jaula ni condición,
es dejarle la luna y los cielos
aunque nunca me entregue su corazón.
Y si un día me atrevo a decirle
lo que llevo temblando en mi voz,
no quisiera que fuera a pedirle
que me amara… tan solo que oyera mi amor.
Que supiera que en mí hay un universo
que pronuncia su nombre al dormir,
que le he escrito en el alma mil versos
que no sé si algún día ha de oír.
Y si acaso mi amor no lo alcanza,
si mis letras no logran llegar,
me quedará la dulce esperanza
de haberlo sabido, al menos, amar.