Un escenario,
un entorno
de arcadas blancas,
un piano en el centro,
unas cuerdas
en torno lanzan
al aire notas
de canela,
una voz irrumpe,
de mujer trigueña
sin rostro, o
con un rostro infinito.
Un espejo al fondo
devuelve la espalda
de la estancia,
no hay público.
El pianista le da
forma al aire,
y tras una nota alta
ella deja escapar
una lágrima.
Me retiro
de la mirilla,
vuelvo la espalda.