Luis Barreda Morán

La Mujer Que Se Pertenece

La mujer que se pertenece

Hay mujeres que llevan un océano en el pecho
y no aceptan barcos
que pretendan dibujarles el rumbo.

Han aprendido a conversar con la lluvia,
a dormir bajo el rumor de los árboles,
a reconocer en el silencio
una patria que nadie puede arrebatarles.

No las deslumbra el oro de las promesas
ni el ruido de los hombres
que confunden el amor con la conquista.

Ellas conocen el precio de una puerta abierta
cuando detrás espera una jaula,
y prefieren el viento,
aunque el viento no prometa primavera.

Una vez amaron,
y en aquel amor dejaron
la ternura de sus manos,
la fruta madura de sus días,
la mitad de una canción.

Pero no entregaron su nombre.

Porque hay algo inviolable en el fondo del alma,
una pequeña llama que no acepta dueños,
un jardín donde ni siquiera el ser amado
puede entrar sin descalzarse.

Si eligen a alguien,
lo eligen con la libertad de los ríos:
no porque una orilla los encadene,
sino porque encuentran hermoso
compartir el viaje.

Y si mañana deciden marcharse,
no habrá murallas capaces de detenerlas,
ni súplicas que conviertan sus pasos en raíces.

Se irán con su equipaje de recuerdos,
con alguna tristeza doblada entre la ropa,
con el corazón quizá herido,
pero todavía suyo.

Porque no nacieron para ser posesión
ni sombra detrás de ninguna grandeza.

Nacieron para vivir,
para equivocarse,
para amar sin pedir permiso
y regresar a sí mismas
cuando el mundo pretenda arrebatárselas.

Y quien llegue a su vida
deberá comprender esta verdad sencilla:

no se conquista a una mujer libre;
se camina a su lado,
mientras ambos quieran caminar.

Porque su amor no es una cadena
que se cierra alrededor de dos cuerpos.

Es el milagro de dos libertades
que, pudiendo marcharse,
cada día
vuelven a encontrarse.

—Luis Barreda/LAB