Eduardo Villacal (seudónimo)

Llegué a casa y no había nadie.

Llegué a casa
y no había nadie.
Encendí la luz
para que al menos alguien
me viera llegar.

Afuera hace frío.
Adentro también,
pero adentro
no hay a quién decírselo.

La mesa como ayer
tiene cuatro patas,
tres sillas y una ausencia
parada en el piso.

Para una charla hacen falta
dos bocas por lo menos.
Yo tengo apenas una,
gastada de no decir un nombre.

¿Quién golpea?
Nadie.
Es el reloj haciendo
la cuenta de sí mismo
y sobre sí.

Hoy ya no
me alcanzo para nada, y a la vez,
me sobro.

Botón por botón
me abrocho cada noche
sabiendo que amanezco
abierto como siempre.

Como siempre
digo buenas noches en voz alta.
Y me acuesto
en el borde de la cama,

dejando un lugar.
Un lugar por si acaso,
si acaso alguien,
alguien
todavía.