Llevo en la sangre un invierno
que nadie quiso abrigar,
soy la oveja negra del rebaño,
la que aprendió sola a sangrar.
Un día seré mi apellido,
pero no su forma de amar;
haré de mis ruinas un nido,
de aquello que me faltó, un hogar.
Cusco ya era mi destino,
mi lluvia, mi forma de andar;
¿por qué se cruzó tu camino
cuando no pensaba en nadie encontrar?
Incluso en mis días más rotos,
cuando me vence el rencor,
tú encuentras belleza en mis ojos
y llamas poesía a mi dolor.
Acaso ya estaba escrito
que te encontrara en la ciudad;
o acaso dos seres heridos
se reconocen en la oscuridad.