Lourdes Aguilar

LA ÚLTIMA PELEA

Los escucho, como todas las tardes, sus voces alegres, sus risas e imagino sus manos pequeñas, las que alguna vez acariciaron mi cabeza y rascaron mi panza, ah, cómo disfruté esas caricias y cosquillas, su sensación que se difumina apenas abro los ojos y sentir mi cuerpo aún adolorido, el amo me deja la comida y me mira como evaluando cuánto tiempo más podré servirle. En tiempo humano todavía soy joven pero mi cuerpo se ha de ver tan deteriorado que ya ha de estar pensando en un sustituto, un sustituto para continuar su negocio infame: yo peleo y él gana, yo sufro y él goza, sin embargo no siempre fue así, hay un lejano recuerdo mío donde soy separado de mis hermanos, mi primer amo era pequeño y parlanchín, como las voces que escucho a través de la pared; lo seguía a todas partes, mi energía era tan inagotable como la suya, pero yo, pobre de mí, tengo una mandíbula ancha y filosos colmillos que muchas veces sin desearlo rasgaron su piel delgada, él lo olvidaba pronto, pero no su madre que muchas veces me golpeó por ello, recuerdo su voz áspera y la dureza del palo que usaba, pero no pude evitarlo, mis impulsos de morder y sacudir algo que no fuera la tierna mano de mi pequeño amo me condujeron a destrozar zapatos, plantas, muebles, hasta que un día simplemente me abandonaron en alguna lejana avenida. Intenté regresar, pero un carro se detuvo y abrió la puerta invitándome a entrar, tal vez para llevarme de vuelta, tal vez para darme otro hogar, yo era todavía un cachorro, había pasado hambre y sed, estaba cansado y entré muy contento; pero bien pronto descubrí que éste nuevo amo no buscaba compañía ni tenia en ningún momento deseos de jugar, miraba siempre con esa mirada fría y calculadora, bien pronto descubría que sólo se complacía con sangre y violencia, algo que a mi antiguo y pequeño amo le aterraba, complacerlo era atacar y despedazar lo que tuviera enfrente y para ello me excitaba constantemente con golpes, gritos, sonidos, mi temperamento se volvió agresivo, no había paseos, ni amabilidad, el alimento era lo justo para conservarme fuerte, y muy constantemente crudo, para que la sangre mantuviera en mí ese instinto primitivo de depredador y así, reducido a una jaula que se abría solo para enfrentarme con otros congéneres igual de agresivos que yo dejé de ser una mascota para convertirme en una máquina, músculos y quijadas al servicio de un amo que discutía, gritaba, insultaba, contaba el dinero o lo pagaba mientras yo y los demás protagonistas de las batallas nocturnas terminábamos bañados en sangre, adoloridos, tuertos o en muchas ocasiones muertos y despedazados. Si él ganaba simplemente me curaba y me dejaba reposar, si perdía no habría comida, ni curación ni descanso; a veces me pregunto en qué consiste esa diferencia entre pequeños y grandes , si todos lo pequeños eran como mi primer amo y si el tiempo los convertía en el segundo, eso es un enigma para mi pero si pudiera escoger a quién serle fiel sin duda escogería el primero, a ese que a pesar de lastimarlo era capaz de buscarme nuevamente para jugar, al de las caricias y cosquillas, al que me miraba como ser viviente y compañero y jamás hubiera sido capaz de abandonarme, por él podría enfrentarme a todas las jaurías caninas y humanas si estuviera en peligro aunque yo terminara descuartizado en minutos, cómo extraño sus manos, su mirada transparente, su capacidad de comprenderme y aceptarme, las recuerdos esas madrugadas frías en que cansado y débil después de las peleas el amo me lava y me deja sobre el piso duro de la jaula, lo escucho a través de la pared en la voz de esos otros pequeños que juegan inocentes, sin saber que del otro lado se libran encarnizadas batallas para la morbosa satisfacción de adultos igual de violentos que nosotros, sus fuentes baratas de ingreso, porque nosotros no costamos más que el plato que nos ponen enfrente, más que las vendas y los calmantes que nos conservan vivos si eso no basta...siempre hay cachorros para sustituir al que no soporte el ritmo.
 Una vez me recogieron, pero dos veces ya me han abandonado, estoy en la orilla de una carretera, hace unas horas la mirada fulminante del amo lo dijo todo: \"Ya no sirve\" luego una sábana, la cajuela del carro, un despoblado junto a la carretera y aquí estoy, herido más por dentro que por fuera y eso ya es decir mucho, la mordida que fracturó mi pata se sintió tan intensamente como la indiferencia con la que fui aventado, las piedras se incrustaron en mi carne desgarrada por donde la vida se me escapa, ya no me queda energía ni para quejarme, tan solo la cruel satisfacción de haber sido fiel, de haber intentado complacer a quien no es capaz de apreciarlo. Sé que en algún momento dejaré de sufrir éstos atroces dolores, mi pequeño amo, nunca sabrás cuál fue mi final, pero si el deseo de un perro puede subir a ese cielo inmenso, el mío es que nunca seas como esos adultos fríos y crueles, que tu mirada nunca vea a los seres vivos como cosas y mucho menos caigas en la infamia de usarlos, que tus manos no se cansen de acariciar, tú,   mi pequeño amo, donde quiera que estés, agradezco que hayas sido tú el primero en hacerme conocer la inocencia humana, qué pena, nuestra historia pudo haber sido otra, pudimos librar batallas juntos, pero al menos yo, ya he tenido mi última pelea.