Presté trozos de piel
a aquellos que la mencionaron.
Pocos deseosos de su brillo cobre.
La dejaron con hambre,
hambre de gritar su nombre.
La presioné contra mi estómago
para digerir las palabras
atrapadas en mi esófago.
No se pudren:
bailan en mis huesos.
Acepto el beso ciego
que instiga el humo.
No viene solo:
hay un cerebro hecho pátina,
en descomposición.
Bálsamo vaporoso
quema cuando resbala por mi pleura.
Dejé de arrancar las costras.
Los trozos no se ausentan de noche.