Alcides Chavarría🇳🇮

La geografía del azúcar y el barro

Soy el puente extendido, la raíz que nació en el asfalto, 
pero que bebió la luz en el polvo de Occidente. 
Hijo de manos curtidas, fui un niño de ciudad 
bautizado por el campo en una escuelita rural, 
donde el tiempo no corría: se galopaba.

 

Bajo el sol del Pacífico, mi herencia fue un lenguaje 
de cuero y de fatiga, de riendas y de mando; 
domé la voluntad del camino en mi viaje 
mientras el horizonte se nos iba entregando.

 

Frente al brocal del pozo, cumplí el rito fecundo
de despertar al agua en su espejo profundo, 
con el balde ascendiendo como un sol de cristal; 
mientras mi fiel caballo sostenía en su lomo 
el peso de la sed, del mundo y de su plomo, 
en una alianza antigua, sagrada y animal.

 

Escuché el canto de los ejes de madera, 
ese lamento musical de las carretas 
cargadas de caña bajo un sol de fuego. 
Y en el trapiche, el milagro: el guarapo hirviendo, 
un incienso de almíbar que perfuma 
el aire de hoy y la memoria de siempre.

 

¡Oh, la alquimia de la miel batida! 
Esa danza exacta entre el calor y el frío 
para que el atado de dulce durmiera en su molde, 
o para que el alfeñique —blanco y tenaz— 
se levantara abrazando la semilla tostada 
del marañón o el árbol de Panamá.

 

Caminé la chácara tras la sombra del tío Toño 
-que la tierra le sea leve como el vuelo de un pájaro-, 
cargando el verde racimo, el plátano o el manzano, 
la ofrenda frutal de una tierra generosa. 
Entre el maizal, mis manos pequeñas 
fueron cómplices de primos y sobrinos, 
cosechando la panza de los ayotes y el frescor del pipián.

 

No son solo recuerdos. Es el mapa de mi sangre, 
un dulce de madera, de tierra y de sol 
que llevo tatuado en el alma; 
un rastro inolvidable, 
como el olor del campo después de la primera lluvia.