Discutió con su genio
y estrelló la lámpara.
Su boca
era un puño.
Cambiar de humor
era mudanza.
Caminaba
mirando la acera
por si hallaba
su nombre.
Nunca
cruzaba la calle:
temía ser arrollado
por la realidad.
Los semáforos
le ofrecían gris.
Era una polilla de cemento
con obstinación de farol.
A veces
silbaba mediodías
para oírse llegar.
Una tarde,
murió llegando al suelo.