Luis Barreda Morán

Aprender a Desamar

APRENDER A DESAMAR

Hubo una época
en que mi corazón
era una casa con todas las ventanas abiertas,
un jardín sin murallas,
una lámpara encendida
esperando los pasos de alguien.

Y llegaste tú,
con esa manera tuya de existir a la distancia,
con palabras capaces de cruzar la noche
y abrazarme sin tocarme,
con promesas que parecían tener raíces
en algún lugar verdadero del universo.

Yo no sabía
que también se puede naufragar en una pantalla,
que hay besos que nacen de la imaginación
y terminan dejando cicatrices en la sangre,
que una voz puede convertirse en refugio
y después en el eco de una habitación vacía.

Te di mis horas,
mis pensamientos más secretos,
esa parte de mí que no conoce la prudencia
cuando cree haber encontrado un hogar.

Tú recibiste mis primaveras
sin preguntarte cuánto invierno
podría dejarme tu partida.

Y ahora mírame:
recogiendo mis ilusiones del suelo,
como quien junta los pedazos de un espejo
sin saber si todavía desea contemplarse.

Estoy cansada de este corazón
que siempre encuentra una razón para quedarse,
que convierte una migaja en banquete,
un mensaje en milagro,
una caricia imaginada
en motivo suficiente para seguir creyendo.

¡Qué oficio tan cruel el de esperar!
Poner el alma a dormir junto al teléfono,
confundir el silencio con una promesa,
inventarle ternura a una ausencia
para no admitir que estamos solos
incluso cuando creemos pertenecerle a alguien.

A veces quisiera arrancarme la esperanza,
dejarla abandonada en un camino,
que la lluvia se encargue de borrarla
y que ninguna flor vuelva a crecer
en el sitio donde pronuncié tu nombre.

Quisiera tener la serenidad de las piedras,
no preguntar por qué se marcha el agua,
no perseguir las nubes,
no entristecerme cuando el cielo
decide llover sobre otra tierra.

Pero soy humana,
y todavía me duele
lo que para ti quizá fue apenas un instante.

No me avergüenza haber sentido.
Me avergonzaría convertirme en ceniza
por demostrarle a alguien
que mi fuego era verdadero.

Por eso estoy aprendiendo
a cerrar despacio las puertas,
a no llamar destino a cualquier encuentro,
a no entregar las llaves de mi pecho
a quien solamente viene de visita.

No quiero volverme de hielo;
el hielo también se rompe
y no sabe florecer.

Quiero ser tierra después del incendio,
oscura, silenciosa,
pero capaz de guardar semillas
sin obligarlas a germinar para nadie.

Que el amor no vuelva a ser
una deuda que pago con lágrimas,
ni una guerra en la que pierdo mi nombre
para conservar a quien no sabe quedarse.

Y si alguna noche regresa tu recuerdo,
que me encuentre de pie,
sin maldecir las horas compartidas,
sin negar la belleza de lo vivido,
pero sin confundir la nostalgia
con una razón para regresar.

Porque también hay despedidas
que nos devuelven a nosotros mismos,
y corazones que, después de tanto perder,
descubren que todavía les pertenece
la inmensa libertad de comenzar.

Tal vez no pueda borrar lo que sentí,
ni convertir en piedra lo que nació de fuego.

Pero puedo aprender
a no abandonarme por amor.

Y cuando por fin pronuncie tu nombre
sin que me tiemble el alma,
sabré que no me he vuelto fría,
ni que he dejado de creer en la ternura:

simplemente habré aprendido
que mi corazón no es un lugar de paso,
que mi amor merece una casa
y que nadie, por hermoso que sea su invierno,
merece apagar la primavera
que llevo dentro.

— Luis Barreda/LAB
Montrose, California, EUA 
Noviembre, 2018.
Género; poesía lírica 
Forma: verso libre