Levantar el vuelo sin alas ni cuerpo,
desprenderse del peso y las heridas,
ya no hay noche ni estrellas en el desierto:
en el fin, el principio se anida.
Apagar esta lámpara humana
no es sumirse en la sombras que nos habitan;
es abrir de par en par la ventana
y cruzar el umbral de la campiña.
Es la luz en un horizonte que no cesa
donde el alma regresa a su esencia,
un murmullo que cruza el tiempo
donde se habitara en memoria ajena.
Queda el verso, la huella en la arena,
el suspiro marchito de un epitafio,
la fosa inundada de tierra mojada,
el frio viento y la mañana que ya espera
Triste Trovador