Norma Cecilia Acosta Manzanares

El Águila y la Semilla.

Título: El Águila y la Semilla.

Autora: Norma Cecilia Acosta Manzanares.

País: Venezuela.

La señora Carmen tendía ropa en el patio cuando vio llegar a la forastera. Era una mujer de trenzas oscuras y pollera larga, con una bolsa de coca al hombro que parecía cargar desde hacía siglos. No había nada extraordinario en su llegada, salvo que nadie la esperaba y que sus ojos tenían una fijeza que incomodaba.

—¿Vienes de lejos? —preguntó Carmen, más por cortesía que por interés.

—De muy lejos —dijo la mujer—. Me llamo Bartolina.

Carmen asintió y le ofreció un café. No preguntó más. En Venezuela, en septiembre de 2026, ya nadie hacía demasiadas preguntas. El país entero vivía en un estado de suspensión, como si alguien hubiera pulsado pausa mientras el mundo seguía girando.

Se sentaron en dos sillas de plástico frente a un mural descascarado de Bolívar. Bartolina miraba las grietas de las paredes, las colas del mercado que empezaban a las cuatro de la mañana, el aire denso que olía a polvo y a algo más, algo que no se nombraba.

—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó Bartolina.

Carmen se rió sin ganas.

—¿Por dónde empiezo? En enero se llevaron a Maduro. Los gringos. Lo agarraron en un operativo y se lo llevaron a Nueva York. Ahora está Delcy. —Hizo una pausa—. La misma cosa, distinto nombre.

—¿Y el pueblo?

—El pueblo sigue igual. Con más hambre, quizás. Con más miedo. En junio vinieron dos terremotos. Más de seis mil muertos. El aeropuerto está a medias. Todavía hay gente buscando a sus familiares entre los escombros. Pero ya no sale en las noticias. Ya no importa.

Bartolina escuchó en silencio. Sus ojos recorrían el patio como si buscara algo enterrado.

—¿Y el águila? —preguntó al fin.

Carmen no necesitó preguntar a qué se refería.

—Trump dice que está todo bien. Que Venezuela está mejor que nunca. Que el petróleo sale, que las empresas gringas están invirtiendo. Ayer dijo que Delcy hace un trabajo excelente. —Escupió al suelo—. Excelente para él.

—El águila siempre viene con la misma canción —dijo Bartolina, y su voz tenía el peso de dos siglos—. Primero dice que viene a salvarte. Después te quita las alas.

Carmen la miró. Había algo en esa mujer que no cuadraba con el presente. Como si hubiera salido de un libro de historia o de una pesadilla.

—¿Tú de dónde eres, realmente?

Bartolina no respondió. En cambio, señaló hacia la calle. Un grupo de motorizados pasó rugiendo, con las caras cubiertas. En la esquina, un muchacho vendía café en vasitos pequeños. Más allá, una mujer esperaba frente a una farmacia cerrada.

—¿Y Ramirito? —dijo Bartolina, como si el nombre le doliera.

Carmen se quedó quieta.

—Ramirito se fue. Como tantos. La vaguada se lo llevó hace años. Él escribía. Escribía sobre el barro, sobre las casas que se caían, sobre los niños que desaparecían en la corriente. Escribía para que no se olvidara. Pero nadie leyó. Nadie lee. Ahora hay otros desaparecidos. Los del terremoto. Los que nadie cuenta. Los que no tienen nombre en ninguna lista.

Bartolina cerró los ojos. Cuando los abrió, había una tristeza antigua en ellos, una tristeza que había visto imperios caer y volver a levantarse con otra cara.

—Se llevan al burro y condenan al pueblo —murmuró—. El pueblo respira un poco más, cree que algo cambió. Pero no cambió nada. Solo son piezas. La historia se repite con los mismos actores, menos uno, que se intercambian el poder. Maduro se fue, pero la máquina sigue. Delcy sonríe, pero las cárceles siguen llenas. El águila entra, pero no para quedarse, sino para exprimir.

Carmen no sabía si estaba hablando con una loca o con un fantasma. Pero las palabras le dolían en el pecho porque eran verdad.

—¿Y qué hacemos? —preguntó.

Bartolina se levantó. Sacó de su bolsa un puñado de semillas y las dejó caer en la tierra del patio, entre las grietas del cemento.

—Sembrar —dijo—. Aunque parezca que no sirve. Aunque nadie vea. La memoria no se arrodilla. Yo lo aprendí en el cerco de La Paz. Me arrastraron, me descuartizaron, me borraron. Pero doscientos años después, mi nombre sigue aquí. Sembrando.

Se despidió sin más. Carmen la vio alejarse por la calle, confundirse con la gente, desaparecer en el calor de la tarde.

Esa noche, Carmen salió al patio. En las grietas del cemento, donde Bartolina había dejado las semillas, algo verde empezaba a asomar. Muy pequeño. Casi invisible. Pero vivo.

Y por primera vez en mucho tiempo, Carmen sintió que respiraba un poco más. No porque hubiera cambiado algo. Sino porque recordó que, incluso cuando todo parece perdido, siempre queda alguien dispuesto a sembrar.