No me alejo del mundo
por temor a la gente,
ni por frío desdén
a lo que afuera ruge;
me guardo en el silencio
donde el alma converge,
allí donde mi templo
se vuelve más fuerte.
Es un pacto sagrado
de autoconservación,
un repliegue callado
hacia mi propio centro;
recojo mis alas, detengo
el viento, para salvar
mi paz y cuidar
el corazón.
Pulso Anónimo