Tardé diez mil orillas en ser grano,
mil veces fui la cal, la sal rompiente,
la terquedad de un barro reincidente
muriendo por el roce de una mano.
No fue el tiempo baldío ni fue vano
gastar la piel en curso tan paciente:
de cada siglo el pulso transparente
dejó un metal templado y soberano.
Hoy la mente no cede ni disputa,
no hospeda el eco de una voz contraria;
cae como el rayo en una sola ruta
sin la resaca de la duda diaria.
El pensamiento es ley que se ejecuta:
quema su curso en marcha solitaria.
Antonio Portillo Spinola ©