A veces, los momentos te obligan a soltar.
Y hay algo esperanzador en ese leve instante en el que empiezas a dejar de sentir la cuerda, cuando todavía no has soltado del todo, pero ya no te aferras con la misma fuerza.
Esperas un cambio que quizás nunca llegue. Y es curioso cómo ese quizás termina diciéndote más de ti que de la propia situación.
Porque, a veces, no es lo que puede suceder lo que te mantiene esperando, sino todo aquello que todavía no estás preparado para dejar ir.