BALGAL
DESDE ADENTRO.
Hacer un poema verdadero es quedarse ciego de tanta luz.
No es hilar palabras como quien teje un vestido de fiesta;
es abrirse el pecho con un vidrio roto y mostrar el latido,
el animal herido que somos, temblando en la sombra.
La buena poesía exige la muerte del que la escribe.
Hay que quemar los días, los ojos, los recuerdos,
beberse la tristeza de golpe hasta que raspe la garganta,
y transformarla en un relámpago que parta la noche en dos.
Es un milagro terrible.
Te desprendes de la carne para buscar la belleza,
te quedas puro, deshecho, flotando en el vacío,
mientras los hombres pasan y leen tu dolor en voz alta.
Y al final, el poema queda ahí, brillando como una estrella fría,
perfecto, eterno, salvado de la ceniza y del olvido,
mientras tú regresas a tu cuerpo gastado, a tus manos vacías,
a descubrir que la luz no te pertenece, que te ha dejado solo.