Y llevás amiga
aún ese luto en la mirada,
como un abrigo negro
que te acompaña siempre en la calle.
Ayer te vi de lejos
y por un instante de estúpida vanidad
quise tanto creer que esas lágrimas
que de pronto se te escapan
en la oscuridad de tu cuarto
llevaban al menos la sal de mi nombre.
Pero hoy me he detenido
a mirar con cuidado
el origen de tu mirada,
ese rincón limpio
donde un día creí en mi refugio.
Y me he dado cuenta,
tarde como es mi costumbre,
de que ahí
no hay espacio para mis manos.
Y he comprendido
sin yo querer
lo que las definiciones llaman derrota:
que ese luto que vos guardás
es el mismo paño oscuro
donde ya venías llorando
mucho tiempo antes
de saber si quiera
quién soy.