La paz de tu postura 12/10/25
Cada vez que lo veo,
su sonrisa genuina, plácida y juguetona
de alguna manera me reconforta
y me hace sentir inocente,
tal como una niña.
Su mirada, algo pícara,
no muy grande pero profunda,
me refleja una luz
como una ventana al abrirse.
Cada vez que lo veo,
su voz, única e inefable,
me hipnotiza al hablar
como al mirar la vivaz llama de la fogata.
Y allí, desde su rincón,
sus hombros en calma, su espalda apoyada en la pared,
dibujan una quietud serena y contundente,
como un ancla en el mar de la mañana.