Era una de esas noches de manga ancha,
de cuello embotonado,
de mirada embotellada,
y de faldas y a lo loco,
de jersey de pico vuelto,
de palabra de honor
y de coger el guante para un duelo,
de vestirse de negro,
por este opaco manto,
con estampados,
lentejuelas,
de un altivo decoro,
de hombreras sin propósito,
de sombrero de copa,
la penúltima ronda de lavadoras,
y de un plumas,
chupa de cuero,
chupa,
y de ropa sin marca,
pero con apellidos en relieve.
De pose y postureo,
y de abrigos de piel,
gafas de sol mal graduadas,
y por último sábanas y pijama.
este aura de noche tienta
a los que nunca cambian de chaqueta,
prefieren las sandalias,
caminar por la playa en chanclas o en gayumbos,
flotadores y colchonetas,
y de vuelta al principio,
uniforme del cole,
americanas y zapatos de chúpame la punta o el tacón,
botas con protector, de currante,
y vaqueros o pinzas o pitillo, hasta pitiminí,
calcetines escuetos,
camisas con propuestas de año nuevo,
para al fin reponer el armario
del que nunca jamás hemos salido.