que no podemos domesticar.
algo frágil, un dialecto
en huida, un misterio.
esperamos. una a una
las hundimos en la tierra
húmeda de los tiestos.
la cocina olía a barro,
a cáscaras, a lluvia vieja.
entre las grietas encontramos
lo que se ocultaba. alucinadas,
animistas, aprendimos
a reconocernos en la saliva,
en el calor de las manos,
en esa respiración compartida
que oscurecía los vidrios.
entonces el amor:
una lengua tibia
creciendo bajo la piel,
sin saber todavía
qué nombre darle
a lo que germina.
Daniel Omar Cignacco © 2026
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