LOS DUEÑOS DEL SAQUEO
Se llevan el petróleo, la sangre de la tierra,
el oro que dormía en las entrañas,
el litio, el agua, el gas,
y levantan sus imperios
sobre el hambre de los pueblos.
África entrega su oro,
los árabes, el petróleo,
América Latina, sus venas minerales;
ellos cargan los barcos con riquezas
y dejan a los niños contando las estrellas
desde el techo roto de sus casas.
Después llegan las bombas,
los gobiernos puestos a su medida,
las guerras que encienden desde lejos
y el hambre que aprende a pronunciar
los nombres de sus verdugos.
Pero cuando el pobre cruza sus fronteras,
cuando el desterrado golpea sus puertas,
el poderoso se lava las manos,
levanta muros, afila sus leyes
y llama invasor al hombre
que huye de las ruinas que ayudó a construir.
¡Qué extraña justicia la de los imperios!
Sus mercancías pueden cruzar el mundo,
sus capitales no conocen fronteras,
sus empresas tienen todos los pasaportes;
pero el ser humano que busca pan
encuentra alambradas, perros y desprecio.
Quieren el oro,
pero no al minero;
quieren el petróleo,
pero no al pueblo;
quieren el litio para sus máquinas,
pero cierran los caminos
a quienes dejaron sin futuro.
Y mientras sus palacios se iluminan
con la riqueza arrancada de otras tierras,
sus políticos venden miedo,
señalan al migrante
y esconden tras sus banderas
la historia de sus propias manos.
¡Pueblos del mundo, recordadlo!
Ningún muro detiene la memoria,
ninguna frontera absuelve al saqueador,
ninguna bandera convierte en justicia
el hambre sembrada en otros continentes.
Porque no hay extranjero en la miseria
cuando la riqueza no tuvo fronteras;
ni puede el imperio declararse inocente
mientras cosecha beneficios de la tierra
y condena al desterrado
que llega buscando un lugar donde vivir.
Quien reclama las riquezas del mundo
y desprecia a sus pueblos
no defiende una patria:
defiende el privilegio
de seguir saqueando la ajena.
—Luis Barreda/LAB