Te vi, estabas allí,
mi mochila escolar
apoyada en mis rodillas.
Tú, como cada tarde,
a la misma hora,
en la misma parada,
subiste al bondi,
sostenido del pasamanos.
Te vi desde mi asiento,
rodillas juntas,
pollera escolar,
mochila en mis rodillas,
deseando poder
tener poderes mágicos.
Te vi: tu mirada cansada,
los lentes, las pecas.
Te estudié como cada tarde,
haciendo un esfuerzo
para que tus ojos
se detuvieran en los míos.
Y, como cada tarde,
descendiste en tu parada.
El bondi siguió su camino.
Te vi por la ventanilla,
preguntándole a la sombra
cuál sería tu nombre.
Era la última tarde.
Subiste al bondi.
No estaba lleno…
Recorriste con la mirada
los asientos vacíos.
Y el mío…
era individual.