NҽցαԵíѵҽ ตαղ 🍃

ҽl օɾαժօɾ

 
 
 
El orador
 
 
Tú que fuiste tormenta y eras trigo,
hoy sólo eres un eco en la montaña;
tu voz, que fue de bronce en la campana,
es hoy silencio roto en la mañana.
 
 
Te aplaudía la plaza, y la plaza se ha ido,
te cantó el viento, y el viento se ha dormido,
te levantó la tierra sobre su espalda de piedra
y la tierra, cansada, te devuelve a su hierba.
 
 
Fuiste río en la boca, fuiste fuego en el pecho,
fuiste un monte de frases, fuiste un cielo deshecho,
y ahora el cuerpo es un campo, y el campo es una herida,
donde crece, amargo, el trigo de tu vida.
 
 
Oh tú, que prometiste la lluvia a los desiertos,
oh tú, que fuiste sed en medio de los huertos,
oh tú, que tanto hablaste: ¿quién te habla en lo hondo?
¿Quién nombra tu silencio, que ya no tiene fondo?
Qué ironía, Compañero: tuviste todo el eco
y te quedó la voz del polvo, el barro seco.
Y así, bajo la tarde, que es tu último paisaje,
te despide la tierra con su largo oleaje.
 
 
Adiós, palabra, pan de mil banquetes,
que alimentaste al pueblo con promesas y prosas.
Adiós, palabra, espada sin herida,
que cortaste los vientos y no el hambre.
Adiós, palabra, río sin cauce ni sed,
que lo inundaste todo y nada regaste.
Qué bien sonabas, Compañero, qué bien sonabas,
y qué cuanto pesabas cuando el tiempo te puso en la balanza.
Descansa ahora en tu tumba de bronce y de eco,
tú, que nunca callabas, aprende al fin el silencio.