BALGAL

A DON MACARIO, HOMBRE RECIO DE LA HUASTECA POTOSINA (TRIBUTO A MI ABUELO)

Ese es don Macario. Ahí va.
Con ese lomo que parece tallado a puros hachazos de sol,
Un sol de la Huasteca que no acaricia, que quema,
Que mete los dientes en la piel hasta dejarla como cuero viejo.

Él no habla de amor ni de esas pendejadas que escriben los poetas.
Él tiene la boca seca de tanto mascar silencio y polvo,
y unos ojos chiquitos, fijos,
que han visto pasar la lluvia y la sequía con la misma pinche resignación.

Es un hombre recio, de veras. De esos que ya no hacen.
Huele a sudor, a caña brava, a tierra que arde después del mediodía.
Tiene las manos grandes, torpes para la ternura,
pero exactas para sostener el azadón o para levantar el trago de aguardiente que le duerme la fatiga en las entrañas.

A veces da por pensar que don Macario es la mismísima tierra que camina,un pedazo de cerro verde que se puso sombrero y calzó huaraches. No le teme a la muerte porque la muerte es cosa de todos los días en el monte; le teme, si acaso, a que se le acabe la fuerza en los brazos, a quedarse quieto mirando el techo.
Él, que ha sido el dueño de su propio cansancio.

Mire cómo la vejez le entró de lleno
No le llegó con lástimas ni con discursos,
le llegó como el frío de la madrugada en el monte,
despacito, metiéndosele en las corvas, en las costillas,
poniéndole pesados los pasos que antes eran profusos y que sangraban tierra.

A don Macario le encabrona el cuerpo que ya no le hace caso.

Él, que se medía a chingadazos con los árboles,

que cargaba bultos como si fueran plumas bajo el sol del mediodía,
ahora tiene que sentarse a agarrar aire en el recodo del camino.
Y escupe al suelo y lo riega con sudor porque el alma la tiene entera, pero la carne ya es un trapo viejo.

Se le han puesto las manos como raíces secas de mezquite.
A veces se las queda mirando, fijamente, en la penumbra de la tarde,
como si ya no fueran suyas,
como si pertenecieran a otro que ya se murió hace tiempo.
Es una pendejada —piensa— esto de irse acabando de a poco.

La vejez de don Macario huele a tabaco verde y a manteca,
y a esa resignación amarga de los hombres que no saben pedir ayuda.
No usa bastón porque le da vergüenza;
prefiere apoyarse en el aire, en el orgullo, en el recuerdo de su fuerza,
mientras mira el cerro de la Huasteca que sigue igual de verde,
igual de terco,
burlándose de sus ochenta años.

Ahí está, sentado en el umbral, viendo cómo se apaga el día.
Sabe que la muerte anda cerca, rondando como un perro flaco,
pero no le da miedo. Le da coraje.

Porque no se va a morir de viejo, carajo.
Se va a morir a chingadazos contra el tiempo,
defendiendo el último pedazo de su propia sombra.
Y cuando por fin se apague, la Huasteca entera se va a quedar en silencio,
viendo cómo la tarde se mete en la tierra que él tanto anduvo,
como si el mismo sol se fuera a enterrar con él.