José de Jesús Camacho Medina

LA ADUANA DE LOS VERSOS (O los hombres que quisieron ponerle cerrojos al viento)

 

Dicen que Gustavo Mahler alguna vez expresó:

 

\"La tradición no es la adoración de las cenizas, sino la preservación del fuego\"

 

Hay una especie peculiar que habita los jardines de la literatura: el guardián autoproclamado de la poesía. Mientras unos cultivan palabras, él levanta cercas; mientras otros buscan flores entre las grietas del mundo, él examina las semillas para decidir cuáles merecen germinar. Ha confundido tanto su sombra con un árbol que termina creyéndose dueño del bosque.

 

Desde su pequeña aduana estética, revisa los versos ajenos, concede a unos el pasaporte de la inmortalidad y condena a otros al destierro, como si el lenguaje fuera una nación amurallada y él hubiera heredado las llaves de sus fronteras.

 

Lo curioso es que el viento nunca le ha mostrado sus documentos.

 

La poesía existía antes de que alguien le pusiera nombre. Nació de la necesidad humana de expresar aquello que no cabe en una explicación, de salvar del olvido lo que nos duele, nos asombra o nos mantiene vivos. Después llegaron las academias, los manifiestos y las discusiones sobre lo que merece llamarse arte. Quizás todo eso puede enriquecer la literatura, pero ninguna teoría inventó la necesidad de escribir.

 

Por supuesto, no todo verso es memorable ni toda metáfora consigue levantar el vuelo. Hay poemas que navegan en círculos, escritores que confunden profundidad con oscuridad y palabras que pretenden abrir ventanas, pero terminan construyendo muros. La crítica literaria tiene todo el derecho de señalarlo. Incluso tiene la responsabilidad de hacerlo cuando la complacencia amenaza con convertir la literatura en un espejo donde todos salimos hermosos.

 

Pero una cosa es señalar las grietas de una obra y otra muy distinta es arrojar al escritor dentro de ellas.

 

Durante mucho tiempo, la literatura pareció tener salones reservados, apellidos con privilegios y sillas asignadas. Las redes sociales abrieron las ventanas y, de pronto, miles de voces comenzaron a escribir sin esperar la aprobación de quienes ya estaban dentro.

 

Algunas apenas están aprendiendo a encontrar su tono; otras necesitan trabajo, disciplina y lecturas. Y algunas, quizá, traen consigo una música que todavía no sabemos escuchar.

 

Para quien se acostumbró a controlar la entrada, semejante libertad puede parecer una amenaza. Es como ver una bandada de pájaros atravesar una catedral.

 

No todo canto es música. Pero tampoco se aprende a cantar bajo una lluvia de piedras.

 

Una obra puede necesitar correcciones, una voz puede requerir años de trabajo y un escritor puede tener que derribar sus propias certezas para descubrir que confundía la altura con la hondura. Nada de eso debería ofendernos. Es parte del oficio.

 

La poesía no deja de tener criterios de calidad, ni desaparece la importancia de la crítica rigurosa. Lo que se cuestiona es la pretensión de que una persona o un grupo posea el derecho exclusivo de decidir quién puede participar en la vida literaria.

 

La crítica que vale es la que examina, argumenta, pregunta y propone. No necesita fingir que una obra es extraordinaria, pero tampoco necesita denostar a quien todavía está aprendiendo.

 

Lo demás es jardinería del ego.

 

Hay algo particularmente triste en quien se sube a una montaña de libros para anunciar que los demás no saben leer. 

 

Conocer la anatomía de las alas no significa comprender la libertad del pájaro. Del mismo modo, haber leído a los grandes poetas, dominar sus recursos o conocer la historia de la literatura no garantiza que hayamos comprendido lo esencial de la experiencia humana que la alimenta.

 

Ser generoso no significa aplaudir todos los poemas ni repartir elogios por compromiso. Significa reconocer que detrás de una página imperfecta puede haber una sensibilidad que comienza a descubrir su lenguaje, una experiencia que todavía busca forma o una pregunta que aún no encuentra su música.

 

La poesía no necesita falsos mesías ni hombres sentados en tronos construidos con sus propias opiniones. 

 

La literatura no es una habitación donde unos cuantos custodian el fuego mientras los demás esperan afuera. Nadie puede declararse propietario del fuego sin olvidar que ya ardía mucho antes de su llegada.

 

La poesía tiene esa insolencia: visita los palacios, pero también se sienta en las banquetas. Puede habitar una biblioteca entera y en la libreta de alguien que jamás publicará un libro.

 

Mientras algunos discuten quién tiene derecho a llamarse poeta, hay alguien escribiendo a oscuras para intentar nombrar una ausencia o una perdida. Mientras otros levantan actas para certificar la muerte de una obra, alguien inventa una metáfora que no aparece en ningún manual.

 

Y pasa.

Siempre pasa.

 

Quizá la pregunta no sea quién tiene autoridad para decidir qué es poesía, sino por qué algunas personas necesitan que la poesía les conceda autoridad sobre los demás.

 

Tal vez el problema no sean los versos, sino el afán de convertirlos en escalones. Tal vez algunos no busquen proteger la belleza, sino contemplar su propio rostro reflejado en ella.

 

El guardián conserva su llave.

Pero ya no hay puerta.

 

Y la poesía sigue atravesando el mundo, a veces descalza, sin pedir permiso, sin mostrar documentos, como un pájaro que no se detiene a preguntar quién la autoriza a volar.

 

Que quede claro que el viento jamás necesitará de un crítico para demostrar que existe, ni una flor un certificado de belleza para abrirse paso entre las ruinas.

La poesía no necesita guardianes que levanten murallas a su alrededor. En todo caso necesita de personas capaces de cuidar la llama sin confundirla con su propia sombra. Virginia Woolf le da respaldo a esta tesis cuando mencionó: \"No hay puerta, cerradura ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente\"

Si nos la hubiéramos creído hoy no tendríamos a Dickinson, Blake, Pessoa, Rimbaud, Bukowsky, Dylan Thomas, Whitman, Borges, Bretón...

Que quede claro que lo demás es ruido de llaves en una casa vacía.