De pronto amanece
y el día lo sorprende a uno
con los ojos abiertos,
con la imagen de un mártir
asomándose en ellos.
Uno de aquellos que, con suerte,
se quedaron en el nombre de las calles
o en uno que otro barrio
ya luego olvidado.
Y a uno, de pronto,
se le suben las ganas
de alzar la voz un poco,
de arrancarse esa astilla
encarnada en la garganta
de todos esos años
comiendo en silencio.
Uno amanece con esas ganas de gastarse
las buenas palabras que nos quedan
la cortesía
y esa costumbre de ser buena gente.
Es que de pronto uno despierta
y se encuentra ya sin su patria,
sin su colcha,
sin el bastón
al otro lado de la cama.