Cinco meses desde la última vez
que mis ojos encontraron los tuyos,
y todavía hay habitaciones dentro de mí
donde tu ausencia
no ha aprendido a marcharse.
He construido el duelo
con los restos de nuestros días:
una pared con tu sonrisa,
una ventana donde todavía espero verte,
un pasillo lleno de recuerdos
que transito algunas noches
sin saber dónde conduce.
Eres un metrónomo invisible
que solo conoce el corazón,
el ritmo secreto que permanece
cuando todo lo demás guarda silencio.
Eres la ilusión que nunca he podido olvidar,
que a pesar del tiempo vive siempre en mí.
A veces me pregunto si es posible soñar despierto
mientras se danza en medio de sombras,
si puede uno seguir viviendo con tu ausencia.
Cinco meses Y el calendario insiste
en demostrarme que el tiempo avanza,
pero hay sentimientos que permanecen
por más que pasen los días.
Cinco meses y este sentimiento se niega a marchitar.
Sigue ardiendo. Más fuerte.
Como una hoguera
que alguien olvidó apagar
en mitad de la noche.
He intentado cerrar las puertas,
derribar las paredes,
sacar tu nombre de los lugares
donde todavía permanece escrito.
Pero hay recuerdos que no se borran con las manos.
Se quedan adheridos al alma
como humedad en las paredes de una casa abandonada.
A veces creo escucharte
en una canción,
en una calle,
en el sonido de una puerta que se abre lentamente.
Y durante un segundo mi corazón olvida
que han pasado cinco meses.
Durante ese segundo vuelves.
Estás aquí. Y todo vuelve a tener sentido.
Después llega la realidad,
cruel arquitecta del tiempo,
y coloca otra vez los ladrillos de tu ausencia.
Yo permanezco entre ellos,
construyendo y destruyendo
la misma memoria.
aprendiendo a vivir
con los recuerdos que una vez compartiste
y hoy ya no estás.
Dormir entre habitaciones vacías,
conservar fotografías
de un lugar al que ya no puedes regresar
y aun así despertar cada mañana
con la absurda esperanza
de verte al amanecer
Cinco meses sin verte.
Y todavía no sé
cómo se abandona un lugar
cuando ese lugar era una persona.
Quizá nunca lo sepa.
Quizá algunas arquitecturas
no fueron hechas para ser demolidas.
Quizá solamente aprendemos a caminar entre sus ruinas,
mientras el corazón, ese metrónomo invisible,
continúa marcando lentamente
el tiempo de una ilusión
que nunca hemos podido olvidar.