Y es que entiendo que ya no quieras verme, que mi presencia sea algo que prefieras evitar, que hayas aprendido a vivir sin tenerme cerca, mientras yo todavía no aprendo a dejarte de extrañar.
Y sí, me enoja. Me enoja tener que aceptar tu ausencia, tener que callarme las ganas de buscarte, tener que fingir que entiendo esta distancia cuando lo único que quiero es cruzarla y volver a encontrarte.
Porque, ¿cómo se supone que uno aprende a soltar a quien todavía abraza en sus sueños?
¿Cómo se le explica al corazón que los brazos que fueron su refugio ahora tienen prohibido volver a buscarte?
Y me frustra, ¿sabes? Me frustra que quererte ya no sea suficiente, que todo este amor que todavía me sobra no tenga a dónde ir, que tenga que aprender a vivir con las ganas de hacer algo tan sencillo como volver a sentirte junto a mí. Porque entiendo que ya no quieras verme, entiendo que quizá ya no me extrañes, entiendo que tus días continúen sin mí…
**¡Pero cómo carajos le explico a mi corazón que tiene que resignarse a no abrazarte, si todavía tiembla de ganas cada vez que recuerda cómo era tenerte!**
Y quisiera enojarme contigo, encontrar algo que me ayude a dejar de amarte, alguna razón que vuelva más fácil esta despedida.
Pero ni siquiera puedo odiarte sin que me duela, ni puedo extrañarte sin sentir rabia, ni puedo aceptar que te has ido sin preguntarme por qué mis brazos todavía te reconocen como hogar.
Y aquí estoy, intentando entender que tu ausencia también es una respuesta, que no puedo obligarte a volver, que hay abrazos que, por más que uno necesite, tiene que aprender a llorar en silencio.
**Y qué injusto se siente, amor, tener tantas ganas de volver a ti y tener que convencerme, todos los días, de que esta vez… amarte también significa ya no buscarte.**