Escribir a la muerte es mirarla sin miedo, de frente, y ganarle tiempo a lo inevitable.
Es anticiparse a lo evidente, explorar lo que aún permanece latente y mostrarle en vida lo que será imposible cuando ya no se esté presente.
Es hacer un viaje a la propia penumbra, brindarle lo que se merece y confesarle aquello que se lleva en mente.
Es una forma de reconciliarse con lo inevitable, de hacer las paces con lo desconocido y reconocer el valor de la propia presencia.
Y así, entre la lucidez y la muerte, escribir sobre ella , es adelantarse a lo inevitable de forma serena y consciente...
Y un ejercicio de lucidez, afortunadamente, presente.