Maduró mi silencio bajo el cielo,
donde el tiempo destila su escritura;
y aprendí que hasta el páramo del duelo
puede alumbrar racimos de ternura.
Llevo en la sien un sol de luz tardía,
y en cada cicatriz, una memoria;
mi corazón fermenta todavía
la amarga uva que endulzó mi historia.
No temo al calendario ni a su espada,
ni al polvo que se posa en los espejos;
la vida es una copa desvelada
donde el ayer nos vuelve menos viejos.
He bebido del cáliz de la ausencia,
del vino que en las sombras se agiganta;
y extraje de la sed la quintaesencia
que vuelve al alma libre cuando canta.
Que nadie me confunda con la ruina,
ni juzgue por mis canas mi destino:
¡hay almas que, al arder, se hacen divinas,
y hombres que envejecen como el vino!
JUSTO ALDÚ © derechos reservados 2026