Y se lo llevó la muerte, desnudo por un campo de plátanos y naranjos.
La muerte lo seguía y el seguía la muerte, como si fueran uno por un camino perdido.
Siguiendo un doblar mudo de campanas y canciones apagadas sin letras ni oídos.
No era un sueño, era el, desnudo, el viento sacudía sus blancos cabellos y una sonrisa blanca le mostraba un sendero sin puas ni espinas por dónde ir a colgar su último destino.
Iba calmo, con una fé infinita de ojos cerrados obedeciendo ciego al llamado del olvido.
Y se lo llevó la muerte y nunca será olvido.