A la orilla de tu nombre
PROSA
Ella pasaba a mi lado como pasa la luz entre los dedos: sin dejar más huella que la de un resplandor que no se puede asir. Yo la amaba en silencio, con ese amor que no pide, que no espera, que no se atreve a nombrarse a sí mismo por miedo a romper el encanto.
¡Cuántas veces, al verla, sentí que el alma se me escapaba en un suspiro que moría antes de llegar a sus oídos! La miraba de lejos, como se mira una estrella que sabemos que jamás ha de bajarse a nuestro jardín, y sin embargo, nos alumbra y nos guía y nos consuela con su luz prestada.
No aspiraba a sus labios, ni a sus manos, ni a ese instante fugaz en que los corazones se confunden. Me bastaba con saber que existía, que respiraba el mismo aire, que sus ojos —aquellos ojos que nunca me miraron como yo hubiera querido— se abrían cada mañana a la misma aurora que yo contemplaba.
Hay amores que se alimentan de ausencias, que crecen en la distancia como las flores de los precipicios: hermosas, solitarias, imposibles de alcanzar. El mío era uno de esos. Un amor sin dueño, sin fecha, sin más historia que la que yo tejía y destejía en mi imaginación, noche tras noche, mientras el sueño huía de mis párpados.
Y cuando la veía partir, cuando su figura se perdía en el polvo del camino o en el rumor de la ciudad, yo me quedaba con esa dulce tristeza de los que han amado sin ser amados, pero que jamás cambiarían su pena por la dicha de otros. Porque amar así, en silencio, sin esperanza, es acaso la forma más pura de amar: la que no mancha el deseo, la que no exige, la que se consume a sí misma como una vela que alumbra para otros su propia ruina.
Yo no sé si ella supo alguna vez cuánto la quise. Tal vez no lo supo nunca. Tal vez, si lo hubiera sabido, habría sonreído con esa sonrisa piadosa con que se despide a los que aman demasiado. Pero yo la amé así: de lejos, de noche, de palabra callada y pensamiento eterno. Y si el amor platónico tiene algún premio, ha de ser este: el de haber sentido sin poseer, el de haber querido sin manchar, el de haber guardado para siempre en el alma una imagen que nada ni nadie podrá jamás arrebatarme.
Autor: Augusto Cuerva Candela
País: México
Todos los derechos reservados en Safe Creative