La vida es injusta,
qué cruel ironía la de este destino:
personas con ganas de vivir
se marchan antes de tiempo,
mientras yo, con ganas de morir,
sigo aquí, atrapado
en este interminable valle de lágrimas,
padeciendo en silencio mi propio infierno.
¿Cuántas noches sin dormir?
Ya perdí la cuenta.
Las horas se arrastran lentamente
y la oscuridad se convierte en mi compañera.
La demencia parece envolverme,
escucho murmullos dentro de mi cabeza,
voces que susurran entre las sombras,
pensamientos que me arrastran
hacia el abismo de mi propia tristeza.
Sombras negras, figuras sin rostro,
demonios que caminan de un lado a otro,
se pasean por las paredes de mi mente
mientras un frío ensordecedor
se me clava hasta los huesos.
Las penumbras invaden mi espacio,
y el miedo, silencioso y despiadado,
se sienta a mi lado
como un huésped que nunca se marcha.
Entonces salgo de casa
y corro desesperado hacia la calle.
Hay una multitud de personas,
voces, pasos, rostros que van y vienen…
pero nadie me ve,
nadie percibe mi tormento,
nadie escucha el estruendo
que llevo por dentro.
Soy invisible.
Porque hoy no llevo mi coraza,
no tengo fuerzas para dibujar la sonrisa
que tantas veces me ha salvado las apariencias.
Hoy no estoy preparado para la gente,
ni para sus preguntas,
ni para fingir que todo está bien.
Hoy mi verdadero rostro ha quedado al descubierto,
ese que nadie conoce,
ese que escondo detrás de una máscara
que comienza a desmoronarse.
Mis pasos me conducen a una iglesia.
Me acerco lentamente a la imagen de un santo,
levanto los ojos inundados de tristeza
y, con la voz quebrada, imploro:
—¡Ayúdame!
¡Dame una señal, una esperanza,
una razón para soportar esta tormenta!
¡No permitas que me pierda
en este laberinto de sombras!
Por un instante,
creo descubrir en su mirada
un gesto de profundo pesar,
como si comprendiera mis heridas,
como si conociera las batallas
que ni siquiera yo sé explicar.
Pero el silencio responde.
Y vuelvo a correr.
La noche es fría,
la lluvia cae sobre mi cuerpo
y cada gota parece arder sobre mi piel.
Levanto la cabeza hacia el cielo
y grito con todas mis fuerzas,
grito hasta desgarrar el silencio,
grito para que alguien me escuche,
para que alguien descubra
que detrás de este rostro cansado
hay un alma que ya no sabe cómo pedir ayuda.
Pero nadie escucha.
La lluvia borra mis lágrimas,
la oscuridad esconde mis pasos
y la ciudad continúa con su vida
mientras yo camino perdido
entre mis propios fantasmas.
Busco una salida,
una mano, una luz,
un refugio donde el dolor no tenga nombre
y el miedo no me encuentre.
Y aunque mis labios ya no sepan rezar,
aunque mi fe tiemble bajo la tormenta,
aunque esta noche parezca no tener final,
en algún rincón de mi pecho
todavía queda un grito suspendido,
una súplica que se niega a desaparecer:
¡Que alguien me vea!
¡Que alguien me escuche!
¡Que alguien comprenda
que no necesito fingir que soy fuerte,
que estoy cansado de esconder mis heridas,
que detrás de mi silencio
hay un dolor que pide ser abrazado!
Porque a veces el infierno no tiene llamas,
ni cadenas, ni puertas de hierro.
A veces tiene un rostro conocido,
una sonrisa dibujada,
una multitud indiferente
y una habitación donde nadie escucha
el llanto que se prolonga hasta el amanecer.
Y yo…
yo solo quisiera encontrar un lugar
donde dejar de luchar contra mis sombras,
donde el frío no me atraviese el alma,
donde pueda cerrar los ojos sin miedo
y descubrir, al despertar,
que todavía existe una razón
para quedarme un día más.