Más allá de la contemplación, la aceptación, el afecto o la tranquilidad,
una vida sin esfuerzo ni objetivos es como pretender hacer un buen café sin agua ni grano:
una contradicción que niega su propia esencia…
Y así, competir con uno mismo,
adaptándose a las propias capacidades y circunstancias,
por el motivo que sea, mediante la lucha interna y la perseverancia,
ya sea ante un objetivo físico o mental, respetando las pausas que el tiempo exige entre una meta y la siguiente…
Es hacer de la vida un arte, por el simple hecho de no renunciar a seguir creciendo.